Melancolía y el borroso1 de la vida

Texto de Fabiana Pedroni y Rodrigo Hipólito.

link >> Nota original en portugués

Llegó la hora de arrastrar la angustia Llegó la hora. Vieja juventud, cansada, sin norte, agotada, ¿Cuándo llegará al fin tu hora? ¿Cuántos siglos de angustia colectiva te han hecho?2

Desde afuera es fácil percibir el lugar de cada uno. Estando dentro ya no sé si existe ni cada ni uno. El vidrio que nos separa de la experiencia del otro, nos coloca en posición de investigadores, Como si el sujeto que se sumerge en la obra no supiese de mi presencia. Tal vez no sepa, tal vez puede haber sido engullido por ese espacio extraño y melancólico. Al mismo tiempo que observo al sujeto detrás del vidrio, doy la espalda a otro escondido en la penumbra, que observa un video y escucha un audio del cual soy excluida. Una misma instalación en tiempos íntimos compartimentados que excluye la otra presencia por el simple hecho de sentarse, acomodarse y respirar melancólicamente.

La silla nuevamente se transforma en un objeto mágico. Una o tres de Kosuth, no importa cuántas sillas, en Melancolía, ella parece ser el centro de la periferia. Tal vez algo menos exacto, una reversión de Shit in your Hat – Head on a chair, de Nauman. No hay, exactamente, el acto de acomodarse delante de la pantalla. Tampoco un completo sumergirse en ella. Aquel estado de observación distanciado y de diálogo bañado en modorra , que Fernando Sabino sintetiza en el comportamiento de los jóvenes sentados en la plaza de la ciudad, indecisos en un tiempo de cambios a través de la expresión “arrastrar una angustia”. Es un estado en que la densidad del paisaje y del tiempo hace dudar sobre quien es aquel que observa.

Tal vez yo no esté más allí.

Como si la obra no nos perteneciese, pero allí nos hiciera compañía. Punto clave para la ensoñación, ella incita el combate entre el abatimiento y el encanto que aún resta en el papel que tenemos de sujetos dentro de la obra (o fuera de ella). Entonces debemos cerrar la puerta y permitir que cada uno ocupe su lugar, aunque ahora él sea apenas imaginario. En pocos segundos, abriremos la puerta o tomaremos los auriculares, e iniciaremos otra vez un rito melancólico de autorreferencia sobre nuestra propia existencia en el mundo del arte. Mundo este que parece cohabitar el lugar común por la lluvia y por las horas y por nuestra propia existencia deseosa de ser parte de algo, igual que estar sentados, apenas mirando.

Estaba sin anteojos.
Nunca me había parado delante de un espejo sin mis anteojos.
No me reconocí a esa distancia
No había como saber cuántas palmas generaban la distancia.
La luz no emanaba de aquí.
Había un “allá afuera” que era casi el actor de “todo” y había otro actor oculto “dentro”.

Otro día a las cuatro de la mañana pensé que gritar hacia la calle y despertar a los vecinos sin razón aparente sería una bella demostración de cariño por la vida que demora en pasar.

1- Algo así como "cubierto por la nube", como la niebla, vemos sin ver la verdad (nota de Fabiana Pedroni)

2- SABINO, Fernando. O Encontro Marcado. Rio de Janeiro: Record, 1984, p. 237.